Mediante este texto, más cercano a la prosa poética que a la misma narración, la Sra. Blanca nos permite sentir el viento en la cara como si fuéramos a bordo de un par de patines sobre una vieja pista dispuesta para la aviación, últimos vestigios de lo que alguna vez fue el Aeropuerto de Techo que, con sus sonidos, hacía retumbar hasta las vajillas guardadas cuidadosamente en sus armarios por los vecinos del sector.

 

TECHOTIVA SOBRE RUEDAS

 

Despertar es mágico, especialmente cuando madrugas para abrazar fuertemente tus recuerdos, para abrazar a ese pasado redentor que aparece para decirte que estás en medio de la nada y al lado de un todo; para decirte que estás viva y que la facultad de recordar es tu don más preciado.

 

Como el mejor lente para fotografía cósmica capturo cada momento, cada rostro, cada picardía, cada saludo, cada encuentro… Un sinfín de vivencias.

 

Son muchas las transformaciones de mi territorio, desde su nombre ancestral Techotiva que le dio paso a su nombre histórico-político, Kennedy. Creo que nuestra localidad está hecha de retacitos de hitos porque cada espacio parece construido para ser habitado por breves segundos y, tal vez, solo por unos pocos. En nuestra bella Techotiva, en 1959, se cerró el aeropuerto que por varios años hacía retumbar todo con sus sonidos. Un aeropuerto en lo que hoy conocemos como el monumento de Banderas.

 

Era Banderas, era Mandalay, era Américas Occidental: sitios especiales para emprender largas rodadas en patines, en esa edad en la que solo necesitas el aire fresco y la calle vacía para tus vuelos.

 

Donde fue un aeropuerto, donde se reunió la Cumbre Iberoamericana de 1948, solo estábamos nosotros, nosotras, viviendo Techotiva sobre ruedas.

 

Para nosotros y nosotras que en 1976 no pasábamos de los 13 años, este espacio se convirtió en el más vital para patinar. Con tres amigos y una amiga de la cuadra nos echábamos varios días la voladita para disfrutar de esos espacios tan gigantes. No era usual ver patinadores en ese lugar pero para nosotros era retador y divertido. 

 

Tiempo después construyeron el parque El Triángulo, un espacio hecho para patinar, ubicado en el barrio Américas Occidental junto a la Parroquia San Pio X de los hermanos Carmelitas. Nosotras íbamos a misa todos los domingos porque mi grupo de amigos y yo hicimos parte, durante mucho tiempo, del grupo juvenil que cantaba en las misas y en los retiros espirituales.

 

En ese paso de la infancia a la adolescencia quedaron las improntas de lo que nuestra localidad le ofrecía a sus niños y jóvenes.

 

Recuerdo también que otro de esos espacios emblemáticos de la localidad a los que nos dirigíamos en patines fue el Hipódromo de Techo. Allí llegaban, desde todas partes de la ciudad, jóvenes y viejos para presenciar y apostar a los caballos. A mis amigos y a mí nos gustaba mucho asomarnos a donde salían los jinetes y verlos con su ropa tan elegante y ajustada.

 

Rodar en patines se convirtió en nuestra acción más frecuente y desafiante porque siempre buscábamos cómo deslizarnos, no solo en el asfalto sino también improvisando nuestras propias rampas. Por ejemplo, cerca del monumento de los Reyes Católicos cuando no existía la Avenida de las Américas, ese era un espacio que congregaba a muchos patinadores. Tiempo después el monumento a los Reyes Católicos fue traslado y en su remplazo quedó uno a la Diosa Sie.

 

Fui niña en Kennedy, fui adolescente en Kennedy y me hago mayor en Kennedy. 

 

Hoy, seis décadas después, voy a seguir amando y viviendo mi localidad porque nunca se detiene, nunca para de crecer. A ella me atan sus festivales y sus humedales que han sobrevivido a la hecatombe de la construcción; su arte y su biblioteca pública con el nombre de un gran escritor “Manuel Zapata Olivella”, construida como símbolo de resiliencia donde alguna vez funcionaba la empresa de basuras EDIS; y, por supuesto, también el centro de acopio alimenticio más importante de nuestro país: Corabastos.

 

Ahora ya no tránsito en patines mi localidad, mejor hago memoria de todo aquello que mi madre, Rosita, me permitía vivir cuando me sentaba en su regazo y con sus historias me transportaba en el tiempo. Porque pude conocer mi localidad, no a través de una pantalla de televisión, sino a través de la vida misma y del viento dándome en la cara.

 

La conocí con mis vecinos de cuadra armando torres de tapitas metálicas cuando jugábamos al yermis, o corriendo a toda prisa para que no nos agarraran en la picardía del tin tin corre corre. Pero la conocí, especialmente, en mis patines que me permitieron gozarme a Techotiva sobre ruedas.

 

Blanca Lilia Medina “Pancha la cuenta cuentos”, 58 años.