Después de leer el siguiente texto en el que el Sr. Alberto nos muestra a su padre, apostador de caballos, atento a la singular voz que emanaba de un viejo transistor marca Philips y que sería la encargada de anunciar los resultados del 5 y 6, será inevitable escapar del golpe imperioso de decenas de herraduras, del tata-tata-tata proveniente de los cascos y de la estela de polvo que dejan a sus paso como envolviendo la nostalgia de la evocación.

ENTRE HERRADURAS, JINETES Y POLVO EN LA PISTA

 

Si me pides poesía en movimiento,

te mostraré un caballo

Anónimo.

 

En la memoria del bogotano y de los foráneos que dormitamos entre recuerdos y nostalgias, el 16 de mayo de 1954 se inauguró una ventana para mirar hacia atrás cuando el Hipódromo de Techo abrió sus puertas por intermedio de un viejo celador, de cigarrillo Piel Roja en labio fruncido, estableciendo una nueva cultura de la moda muy cachaca con dejo petulante de ingleses forzados, la apuesta a manos llenas, la gritería desbordada, la búsqueda de una fortuna fácil, rápida; todo esto para así asimilar nuevos aires y, de esta manera, el de asumir la ruptura de una ciudad aletargada por el catolicismo, una violencia vitalicia y de su tránsito de lo rural a lo urbano para dar un paso hacia una modernidad bien maquillada. 

 

Como huella indeleble, al ser testigo de los vientos idos, pongo en escena a don José Ernesto quien al encender su viejo transistor marca Philips automáticamente creaba una atmósfera de silencio, miedo y represión bajo su fría mirada, fija ésta en una correa que como péndulo nos animaba a seguir las reglas conductistas de un tal Skinner que nunca llegamos a conocer. Para aquel viejo seguidor de caballos, sentir la voz de Gonzalo Amor a través de esa radio lo volvía sospechosamente dócil cuando inclinaba su cabeza levemente hacia esa conversación mono direccional, penetrante y que lo invitaba a tomar un esfero Paper Mate, le hacía rayar garabatos sobre una revista semanal, ducha ésta en datos, estadísticas y probabilidades para convertirlo,  eventualmente, en el ganador de un 5 y 6, famoso formulario que más tarde en aventura titánica y casi de muerte debíamos llevar para que fuera sellado, so pena de recordarnos para qué servía la correa fuera de sostenerle sus calzones.

 

En la memoria de la familia Puentes, Hipotecho se volvió un referente de risas cómplices por las próximas picardías a ejecutar bajo los riesgos inminentes arriba minuciosamente enunciados, además de introducirnos en vastos conocimientos de sumas y restas, leyes probabilísticas, manejos de tiempo en cronómetros jamás vistos, en velocidades, aceleramientos, frenazos y eventuales caídas libres, temas propios del libro de física de un tal Schaum para bachillerato y que tenían que ver con los acontecimientos equinos, además de una narrativa de aquel locutor argentino que, de paso, nos  metió en un extraño bilingüismo que nos enriqueció en geografía, historia, política y lexicografía misma. De lo anteriormente expresado aún nos rondan palabras como Derby, foto finish, quiniela (quinela), jockey, pole position, hándicap, fusta (entre mis hermanos esta sí nos la sabíamos), hípica, válida y otras más. Vocabulario que nos hizo añorar que el mundo de los caballos y yeguas competidoras quedaba en esos inmensos potreros del sur de la ciudad en lo que hoy es el Estadio de Techo, el Parque Mundo Aventura y el Centro Comercial Plaza de las Américas.

 

Ahora bien, cuando Gonzalo Amor transmitía, desempolvando viejas neuronas, los jueves y los domingos cada una de las siete válidas de tales justas deportivas, tomo en préstamo respetuoso del periodista del diario EL TIEMPO, Germán Gélvez M. algunos de los singulares nombres de aquellos “mochos” que hicieron palpitar el corazón de mi papá y que nos mantenían en una narcolepsia social muy propia del pánico instaurado por el “Maduro”, mote colocado muy gentilmente al viejo apostador por un señor Gutiérrez, compañero de polas y del arte de la rusa, eran entre otros: Quintanilla, Neófito, Pirata, Carbonero, Risueño, Calígula, Disciplina, Papillón, Princesa, Trapiche y mil potrancos y potrancas más que hicieron de delicias y tristezas a aquellos que abarrotaban graderías, generaban algarabías en bares y cafetines no solo en la capital de la república sino que se extendían por pueblos circunvecinos y otras ciudades de este país cuando INRAVISIÓN las proyectaba en uno de sus tres canales oficiales.

 

Ahora, cuando mi caminar se hace lento y reflexivo, acompañado de canas e imágenes en blanco y negro y cuando todo se empieza a opacar en las tardes bogotanas, en mi imaginario provoco de manera alucinante un universo paralelo al mundanal ruido de este sector en el que vivió Hipotecho para volver a la narración cuando se largaba la carrera, los caballos aceleraban bajo presión de sus diminutos jinetes, en el momento de doblar la última curva, para luego decir ¡en tierra derecha! Y en el paso mismo de la meta final, para luego reconocer al caballo ganador con corona de laureles en su cuello, además de un ramo de flores para el jockey triunfador, así como los aplausos y las desdichas de los perdedores. Veo a mi padre rascarse su cabeza, echar para atrás su cuerpo y revisar su formulario del 5 y 6 en caligrafía delicadamente impresa a mano por parte de mi hermano Miguel quien, de paso y en su sagacidad personal, lograba sacarle unos pesos de más al cucho y así ir al cine o comprar unos helados en la casa de doña Ana Juaquina para el resto de sus cómplices, es decir, sus hermanos, entre los que me encontraba yo.

 

Hace algunos días, mientras traía el pan para mi suegro (todavía tengo suegro), descubrí en la Alquería de la Fragua un refugio de aficionados de diferentes generaciones quienes apuntaban sus miradas sobre sendas pantallas de televisión que transmitían desde el país de Trump, en distintos hipódromos, justas equinas sin interrupción alguna ni narración eufórica de cómo caballos gringos con nombres gringos ilusionaban a esta afición virtual que de peso tras peso y entre guaro, Águila y una que otra Tecate querían ganar un algo más para completar el día a día que exige esta ciudad para sobrevivir y seguir respirando.

 

Todo esto se da porque por allá en 1982, exactamente el 23 de junio según consulta en Google, algún celador trasnochado echó candado de manera definitiva a Hipotecho siguiendo las órdenes de su superior inmediato, cuando se conociera unos días antes que semejante templo sucumbió por culpa de unas finanzas insostenibles dejando por fuera generaciones de aficionados, quienes al saber de lo sucedido enfilaron ruta hacía Chía y su nuevo Hipódromo de los Andes.

 

Adiós Techo, descanse en paz don Gonzalo Amor, gracias doña Chela por sellarle los formularios a don José Ernesto quien apagó su radio marca Philips para nunca más volver a fabular con el golpe de decenas de herraduras, el tata-tata-tata de unos cascos y el ocaso grisáceo al paso del espíritu de unos caballos que, tras de sí, dejaron una estela de polvo en una pista que tan solo respira, de cuando en vez, en fragmentos de viejas películas y en fotos raídas por las manecillas de un tiempo ya cansado.

 

Alberto Puentes Peralta, 62 años.