A través de esta conmovedora descripción de su padre y del dibujo que de él nos hace con palabras la Sra. Sonia, podremos acercarnos a un personaje de época, a su trabajo, a su vestuario, a sus gustos alimenticios e incluso a su soledad. De esta manera, el siguiente texto nos invita a reflexionar sobre la importancia de preservar la memoria mediante cosas tangibles que nos lleven al acto de la evocación.

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

 

Mi padre era un carpintero que en su juventud tuvo depósitos de madera y varias carpinterías.

 

Para su trabajo se colocaba un saco y un pantalón de paño grueso, camiseta y una camisa, pantaloncillos largos y gruesos. Esta ropa era la que ya estaba gastada y servía para trabajar con el pegante y la madera. Mi padre usaba sombrero y, para salir, una ruana de lana de oveja porque vivíamos en Tunja y el clima era muy frío. Caminaba y se paraba con las manos atrás, a veces recogía puntillas, tornillos y todo lo que él creía que le serviría en su trabajo.

 

Mi padre tocaba el tiple en sus ratos libres, jugaba a los gallos y usaba muchas palabras y dichos como: juepuerca, juelita, hoy por ti mañana por mí. 

 

Alguna vez, con esmero y amor, hizo un baúl para guardar recuerdos, sus secretos más recónditos y las vivencias de su época.

 

Del baúl de mi padre podría sacar la carta que escribió alguna vez a mi mamita, muy triste y molesto porque el esposo de mi tía la sacó a bailar en una reunión sin pedirle permiso a él. Mi padre la amaba y seguro sufrió mucho por este detalle porque escribió esa carta como reclamando el amor de mi mamá; un amor que ella no le manifestaba porque, en el fondo, a lo mejor no lo amaba.

 

Recuerdo cómo trabajaba de manera paciente, pausada y detallada. Al pasar el cepillo por la madera esta sacaba una viruta y a mí me gustaba mirarla y olerla.

 

Cuando mi madre me mandaba a llevarle el almuerzo en el portacomidas, yo me sentaba a mirarlo y a disfrutar el olor de la viruta. Ahora, cuando paso por una carpintería y percibo este olor quisiera volver a ser niña para sentir su presencia, sus ojos azules y esa mirada tranquila y amorosa con la que sabía decir te quiero.

 

Los jueves se sentaba en la mesa donde comíamos todos, mi madre preparaba una libra de carne y él iba partiendo y dándonos bocaditos a cada uno de sus hijos. Es que no solo se trataba del rico sabor a carne fresca y caliente sino del amor de mi padre, porque esa era una forma de manifestarlo.

 

Pero cuando yo tenía 7 años, mi familia decidió radicarse en Bogotá y mi padre se quedó solito para intentar vender la casa y poder comprar otra casa en Bogotá. Pasaron 15 años y esa venta no fue posible.

 

Recuerdo que al llegar a Bogotá me bajé del camión y sentí mucha tristeza y las lágrimas rodaban por mis mejillas. Al pisar la tierra de esta hermosa ciudad metí el pie en un barro frío y pegajoso; ahí empezaba una nueva vida, nos esperaban muchas dificultades y necesidades. 

 

Mi padre empezó a venir cada dos meses a Bogotá, traía mercado y algo de dinero. En vacaciones llevaba, por turnos, a cada una de sus hijas. Cuando me correspondía mi turno, a pesar de mi corta edad, yo lavaba la ropa de mi padre y la loza en la carpintería. Mi padre cocinaba, le gustaban las sopas, especialmente las de cuchuco de maíz o de trigo y le encantaba comer repollo en todas las comidas. También gustaba de la changua (leche, huevos, queso, almojábana, cebolla, ajo y cilantro) y el queso de hoja con aguapanela que se derretía y era muy delicioso y provocativo.

 

Ya en la noche, en una habitación muy grande, dormíamos en una cama con cobijas de lana de oveja que calentaban harto. Él se aplicaba Vaporub en la nariz y de paso me aplicaba a mí para que no me fuera a resfriar.

 

Los negocios con la madera y las carpinterías las fue cambiando por su pasión por los gallos.

 

Era un hombre de hábitos y agüeros: el desayuno debía ser a las 8:00 a.m., el almuerzo a las 12:00 m., las onces a las 4:00 p.m. y la comida a las 6:00 p.m. Si una gallina cantaba, los peores presagios o premoniciones se le venían a la cabeza como presintiendo una tragedia.

 

Contaba que la noche que se casó había soñado que volaba. Volar es el anhelo de los humanos, es símbolo de libertad. Pero también de lo desconocido, de lo incierto, el temor inevitable a caer, a equivocarse. 

 

Con todo el orgullo de un padre asistió a mi grado de normalista bachiller, dijo que su hija era la más linda y elegante jajaja. Aun así, sus últimos días estuvieron marcados por la soledad que no pudo evitar ni con sus 13 hijos ni con su amada esposa, vivió la soledad de un baúl de recuerdos abandonado.

 

Tal vez por este motivo hoy recuerdo su baúl, donde él guardaba sus secretos y la carta que le escribió a mi madre. Cuando él falleció nos despojamos de ese baúl y de todas sus pertenencias, como queriendo dejar los recuerdos en el olvido; hoy cuánto daría por haber conservado su herramienta, una de sus prendas o alguna de las cartas que escribió, pero sobre todo, cuánto daría por haber conservado su baúl de los recuerdos. Sin embargo, su legado y su presencia siempre me acompañan, como me acompañan sus ojos azules y serenos y el recuerdo del olor de la viruta de madera.

 

Sonia Virginia Eslava Suesca, 69 años.