Por accidente, la Sra. Judith encuentra en una caja de zapatos un viejo adorno navideño. Con este casual encuentro llega a su memoria el sonido de las voces infantiles que le gritan instrucciones a Don Miguelito, su señor padre, para que la decoración navideña, que está siendo puesta a varias manos, quede lo mejor posible. Así se abre paso un torrente de manjares, luces, música, juegos infantiles y muchas otras manifestaciones de cariño y construcción de comunidad en un viejo edificio de Timiza. El siguiente texto huele a natilla y tiene encerradas las voces que con total desparpajo decembrino gritan ¡Un, dos, tres por mí y salvo patria!

LAS BARBAS DE PAPA NOEL

 

Hoy me levanté con la firme intención de dedicar el día a una tarea postergada durante meses, limpiar y deshacerme de toda esa basura acumulada en los rincones de mi casa. Así que me armé de valor, escoba en mano, dispuesta a enfrentarme a lo que fuera necesario. Sin embargo, en medio de la tarea me llevé una grata y totalmente inesperada sorpresa, encontré mi caja de zapatos número 50. Es una caja blanca por fuera y gris por dentro, una de esas cajas viejas que guardan mucho más que objetos, que guardan recuerdos.

 

Al abrirla, una mezcla de nostalgia y ternura me invadió. Allí estaban intactas, a pesar del paso del tiempo, las hermosas y secas barbas de Papá Noel. Y es que no se trataba de unas barbas cualquiera, esas barbas decorativas colgaban cada diciembre en el inmenso árbol de Navidad del apartamento 502. Aquel apartamento tenía un detalle que lo hacía especial, sus techos eran exageradamente altos, lo que permitía que el árbol luciera con toda su majestuosidad.

 

Recuerdo con claridad cómo construíamos la base de ese árbol, una gran caneca plástica forrada con papel de regalo, rellena de piedras para mantenerlo erguido y firme, era un ingenioso truco que le daba estabilidad y permitía que el árbol se alzara imponente en medio de la sala. Después de resolver esta compleja tarea técnica, comenzaba lo que realmente esperábamos con emoción, la decoración.

 

En esta parte todos los niños del edificio, ubicado en uno de los bloques del sector de Timiza, teníamos un rol fundamental, nos encargábamos de traer la mesa y la butaca desde donde don Miguelito, mi padre, se subía para empezar a colocar con esmero cientos de luces de colores y toda clase de figuras navideñas. Había adornos de todos los materiales imaginables, pero nuestras favoritas eran las bolitas de cristal que pasaban cuidadosamente de nuestras manos infantiles a las suyas, esperando que ninguna se rompiera en ese trayecto.

 

Era una actividad caótica, pero dentro de ese aparente desorden reinaba un orden entrañable porque todos gritábamos indicaciones desde el suelo, mientras mi padre decoraba allá arriba en las alturas: ¡Don Miguelito, a la derecha! ¡Papi, más arriba! ¡Mira, falta algo en la mitad!… Un sinfín de instrucciones cargadas de entusiasmo y ternura. Cuando finalmente terminábamos, mi padre bajaba de la mesa, se apartaba unos pasos y daba el visto bueno. Aunque aún faltaba el detalle más importante: colocar las barbas de Papá Noel. Ese era el gran toque final, sutil y elegante, que daba unidad y esplendor a todo el conjunto, con las barbas de Papá Noél el árbol alcanzaba su expresión más solemne y hermosa.

 

De esta manera comenzaba la época más mágica y esperada de nuestra infancia.

 

Las noches decembrinas se llenaban de alegría desde el momento en que se encendían las luces del árbol, un pequeño tocadiscos, con sus dos parlantes cuidadosamente ubicados en las esquinas de la sala, empezaba a reproducir villancicos y ese era el llamado para que todos corriéramos a ocupar nuestros lugares. La noche comenzaba con dulces para todos, pero el verdadero banquete llegaba después de la novena: gelatina de colores, natilla con dulce de mora, buñuelos dorados, empanadas crujientes y todo lo que la creatividad y el cariño de nuestros padres pudieran preparar para deleitarnos.

 

Leíamos con devoción la novena, cantábamos villancicos con emoción y saboreábamos cada uno de esos manjares con una alegría desbordante. Al terminar, salíamos disparados a los alrededores de los edificios a jugar y esos juegos eran pura adrenalina infantil. Creo sinceramente que no existe emoción más intensa que la de huir para no ser ponchado o correr en una maratón improvisada para gritar a todo pulmón ¡Un, dos, tres por mí! Las carcajadas eran imparables cuando lográbamos vencer al que estaba contando y, aunque a veces ocurrían pequeños accidentes como rasgarse la manga de una camiseta tratando de escapar, nada empaña la diversión.

 

Y por supuesto, no podían faltar los tradicionales juegos de aguinaldos, el de los tres pies, el del sí y el no, el de dar y no recibir, el de la pajita en boca y muchos otros más. Lo que se apostaba en estos juegos de aguinaldos no tenía gran valor material, pero salir victorioso era un gran orgullo, una victoria celebrada con risas y anécdotas que aún hoy viven en mi memoria.

 

Qué hermoso viaje en el tiempo me regaló hoy esa vieja caja de zapatos número 50. No fue basura lo que encontré sino un pedazo de mi infancia, un tesoro que me recordó por qué diciembre siempre será el mes más especial del año.

 

Vilma Judith Díaz Muñoz, 62 años.