La Sra. Maibe nunca para de sonreír, ni siquiera cuando nos cuenta de sus luchas por su salud o de la vez, hace pocos meses, en que unos malditos (no hay otra palabra para llamarlos) le dieron escopolamina y le robaron sus ahorritos. En el siguiente texto, la Sra. Maibe nos invita a recorrer su álbum fotográfico lleno de paseos dominicales por Monserrate, de las pintas de cachacos de sus padres y de una Kennedy de antaño retratada por un curioso y amable fotógrafo del sector.
Mediante este texto, más cercano a la prosa poética que a la misma narración, la Sra. Blanca nos permite sentir el viento en la cara como si fuéramos a bordo de un par de patines sobre una vieja pista dispuesta para la aviación, últimos vestigios de lo que alguna vez fue el Aeropuerto de Techo que, con sus sonidos, hacía retumbar hasta las vajillas guardadas cuidadosamente en sus armarios por los vecinos del sector.
A través de esta conmovedora descripción de su padre y del dibujo que de él nos hace con palabras la Sra. Sonia, podremos acercarnos a un personaje de época, a su trabajo, a su vestuario, a sus gustos alimenticios e incluso a su soledad. De esta manera, el siguiente texto nos invita a reflexionar sobre la importancia de preservar la memoria mediante cosas tangibles que nos lleven al acto de la evocación.
Después de leer el siguiente texto en el que el Sr. Alberto nos muestra a su padre, apostador de caballos, atento a la singular voz que emanaba de un viejo transistor marca Philips y que sería la encargada de anunciar los resultados del 5 y 6, será inevitable escapar del golpe imperioso de decenas de herraduras, del tata-tata-tata proveniente de los cascos y de la estela de polvo que dejan a sus paso como envolviendo la nostalgia de la evocación.
Por accidente, la Sra. Judith encuentra en una caja de zapatos un viejo adorno navideño. Con este casual encuentro llega a su memoria el sonido de las voces infantiles que le gritan instrucciones a Don Miguelito, su señor padre, para que la decoración navideña, que está siendo puesta a varias manos, quede lo mejor posible. Así se abre paso un torrente de manjares, luces, música, juegos infantiles y muchas otras manifestaciones de cariño y construcción de comunidad en un viejo edificio de Timiza. El siguiente texto huele a natilla y tiene encerradas las voces que con total desparpajo decembrino gritan ¡Un, dos, tres por mí y salvo patria!





